Había un pastorcillo que se hallaba guardando su ganado en las "Matas de Torremocha", dentro de la juridiscción de Valdefuentes. Se quedó dormido y al despertar, vio lleno de pánico que las ovejas habían entrado en un sembrado colindante, perteneciente a la jurisdicción de Torremocha, dejándolo pelado por completo. Se echó a llorar pensando en castigo de su amo y encomendándose a la Virgen. Se le apareció una señora vestida con un largo manto y una mantilla que le pendía de la cabeza a los hombros.
"No temas"- le dijo- "carea tu ganado y verás crecer el trigo".
Así sucedió, mandándole la señora acto seguido que se acercase al pueblo y contara los sucedido; que ella cuidaría del ganado hasta que volviese. No creyeron al pastorcillo pero tanta firmeza ponía que el amo, el cura, las autoridades y algunos vecinos acudieron al lugar del suceso. Con estupor comprobaron que el sembrado no tenía señal alguna de daño sino que estaba más verde y frondoso que todos los del contorno.
La Señora no fue vista de momento pero descubrieron que oculta entre unas matas había una imagen, vestida con los mismos ropajes que había descrito el zagalillo. El milagro se había producido. La imagen fue llevada en procesión hasta el pueblo de Valdefuentes.
Noticiosos los torremochanos, la reclamaron, fundándose en el hecho de que el milagro se había producido en terreno de su juridiscción. Naturalmente, los valdefuenteños se negaron diciendo que la Señora se había aparecido a un pastorcillo de Valdefuentes y la orden dada por la Señora fue que lo comunicase a las autoridades de Valdefuentes. Se produjo, por este motivo una contienda religiosa que los torremochanos resolvieron robando una noche la imagen, llevándola a la ermita de Torrealba. Grande fue la sorpresa del Cura de Valdefuentes, cuando al ir a celebrar la misa matinal, vio que faltaba la Virgen de su trono. Trataron de devolver la audacia los de Valdefuentes y decidieron robarla también de la ermita y llevarla al sitio por ella elegido. Pero estaba firmemente custodiada por guardianes y con la llave y cerrojos echados.
Había que arbitrar algún procedimiento para realizar con eficacia el propósito. No hubo necesidad pues cuando a la mañana siguiente el cura de Valdefuentes fue a celebrar la misa cotidiana, la Virgen estaba en su sitio rodeada de flores. Se corrió la voz por el lugar y acudió el vecindario a contemplarla y venerarla, al grito de ¡Bienvenida!. La Virgen se había trasladado por sí sola a Valdefuentes que era donde quería estar.